Por Juan Pablo Vasconcelos
Es común que los seres humanos nos pensemos extraños a los acontecimientos más fascinantes, a los momentos que pueden cambiar la historia, a ser autores o partícipes de las grandes obras. Es común también que pensemos que todo esto sólo puede ocurrir en alguna nación lejana, donde sí suceden las historias heroicas, las invenciones, las personas de raros apellidos que luego resultan descubridores de galaxias, vacunas, ganadores de premios, astronautas.
Todas las cosas buenas deben estar pasando en un lugar que no es éste, realizadas por personas que no somos nosotros, siendo hechas varias veces mejor que si aquí lo hubiéramos intentado. Estas son algunas de las líneas mejor posicionadas en nuestro repertorio diario y son también la declaración de la opacidad que tarde o temprano nos consume.
Hasta que una mañana nos damos cuenta que una cosa maravillosa pasó aquí, a nuestro costado y en esta ciudad, y nosotros hemos podido ser parte de ella.
En el fondo de cada determinación y acto de nuestras vidas, esta combinación de sentimientos, intuiciones y razones se debaten, como si se tratara de un antiguo circo en que leones y lanzas trataran de dar en el mismo blanco, a veces lográndolo, a veces pasándose de largo.
La historia de Héctor Hernández Martínez tiene que ver con esas determinaciones. Oaxaqueño nacido en 1935, forma parte de una generación que vio nacer nuevas profesiones en la capital del estado. También, de quienes hicieron posible la llegada del hombre a la Luna.
Artículo completo en Valores 27, Julio-2011.
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